Firmin
Sam Savage
Seix Barral, 2007
222 p.|16,50 €|ISBN:9788432228247
Como en las minas que esconden los tesoros de la tierra, hay ocasiones en que se nos concede el privilegio de tropezarnos con una veta deslumbrante, con una joya de la que nadie nos había dado noticia ni aviso; en esos momentos hay que poner serena atención y afinar la vista para disfrutar al máximo el premio que nos acaba de caer en gracia. En estos días aciagos y ahítos de libros malos, engañosos, construidos, tramposos y ávidos de la efímera fama, toparse con una verdadera novela y con un verdadero escritor resulta de una suerte extraordinaria: una suerte que hay que compartir antes de que la diosa del mercado coloque sus manos sobre ella y la convierta en pequeños muñecos de plástico que acompañen como regalo a una hamburguesa o a la edición dominical de algún periódico.
Deambulaba por la Casa del Libro de la Gran Vía madrileña, un poco aburrido de ver los mismos títulos con diferente portada, y títulos que te prometen una cosa y llevan otra, y novelas largas y aburridas, y novelas que no quiero leer, y novelas que quizá no sepa leer, y... tantas opciones como da Ítalo Calvino en su pomposa (¿o aburrida?) Si una noche de invierno un viajero, cuando el dibujo a lápiz de una rata llamó mi atención: era la portada de Firmin, de Sam Savage, que acaba de ser publicada aquí en España por Seix Barral y que ya ha cosechado abundantes y justísimos lectores en Estados Unidos a pesar de que la pequeña Coffee House Press, de Minneapolis, no tiene los mecanismos mediáticos para lanzar a su autor como si de un Paul Auster o una Zadie Smith se tratara.
La edición española, traducida a veces de manera curiosa y siempre con útiles notas, por Ramón Buenaventura, viene avalada en su contraportada por (lo supongo) el entusiasmo de Donna León, Rosa Montero, Eduardo Mendoza, Justo Navarro y Rodrigo Fresán, porque confieso que no quise leer lo que dicen: la portada me gustó tanto (¡ay, editores, cuán fundamental es un libro bonito!) que me dirigí directo a la voz del autor; y, luego de pasar por un maravilloso epígrafe de Chuang Tzu, quedé atrapado por el universo que Savage abre en el primer fragmento de su novela: el mundo donde las siguientes doscientas páginas vivirá Firmin, ese ávido lector que no quiere verse a sí mismo más que como un ser sensible al que le ha tocado por casualidad el envoltorio equivocado. Tan consciente está de que su situación vital ha sido un error, que se niega a mirarse en los espejos, porque también estos lo engañan: «Cada vez que captaba una visión de mí mismo en una superficie así, me quedaba instantáneamente horrorizado, como si hubiera visto un monstruo. Claro está que en seguida me daba cuenta de que el monstruo era yo, y solamente yo, otra vez, y no tengo palabras para describir la pena que aquello me causaba. De modo que se me ocurrió un pequeño truco mental: cuando esto sucedía, en lugar de decir “soy yo” y estallar en sollozos, decía “es él” y salía corriendo».
Y así transcurre su vida: negándose y tratando de hacer comprender a los demás que él es más de lo que a simple vista se ve, tratando de que el mundo no lo aplaste con el juicio que de cada uno de nosotros se hace: este es blanco pero sucio, aquel es feo pero inteligente, el de más allá es pobre de solemnidad y sin duda esta de aquí será exitosa pero corrupta; aquel no tiene fuerzas ni ganas, las tetas de esa la llevarán lejos pero sufrirá; en cambio, esta es buena, inteligente y además bonita; aquella tiene razón: yo no soy capaz de llegar a hacer lo que digo.
Y, entre tanto, Firmin lee y lee con voracidad de depredador, consume letras, traga palabras e ideas y va dándole forma al universo, siempre solo, sin la posibilidad de compartir ni contrastar con nadie lo que los libros le dicen de él mismo y sin recordar aquello que dijo Proust, otro solitario: «cada lector, cuando lee, sólo se lee a sí mismo». Por no querer mirarse en los espejos, se condena a escrutarse en los más crueles de los reflejos: los que las palabras escritas lanzan sobre nosotros. La librería donde Firmin vive es su retrato y su tumba y su vida y su planeta: pero nunca será él. El «conócete a ti mismo» que tanto perturbó a Sócrates se convierte para Firmin en el más arduo y lejano de los talismanes.
Esta es una novela que recomiendo con enloquecido entusiasmo. Cuando me la topé en la librería, tuve el mismo presentimiento que me sobrevino cuando comencé a leer los libros de John Fante: algo enorme aterrizaba en mis manos. El sureño Sam Savage, una especie de Valle-Inclán gringo, filósofo de Yale, carpintero, tipógrafo y huido hacia la fría Madison, ha afilado su primera novela con las palabras sabias que dan los años y la belleza que se trae consigo al nacer. No dejen de leerla, por favor; pocas veces podemos sostener entre nuestras manos las palabras de uno de los Grandes. He’s a Big One, diría Firmin del autor de sus días. Sin duda, amigo. JCCH.
Sam Savage
Seix Barral, 2007
222 p.|16,50 €|ISBN:9788432228247
Deambulaba por la Casa del Libro de la Gran Vía madrileña, un poco aburrido de ver los mismos títulos con diferente portada, y títulos que te prometen una cosa y llevan otra, y novelas largas y aburridas, y novelas que no quiero leer, y novelas que quizá no sepa leer, y... tantas opciones como da Ítalo Calvino en su pomposa (¿o aburrida?) Si una noche de invierno un viajero, cuando el dibujo a lápiz de una rata llamó mi atención: era la portada de Firmin, de Sam Savage, que acaba de ser publicada aquí en España por Seix Barral y que ya ha cosechado abundantes y justísimos lectores en Estados Unidos a pesar de que la pequeña Coffee House Press, de Minneapolis, no tiene los mecanismos mediáticos para lanzar a su autor como si de un Paul Auster o una Zadie Smith se tratara.
La edición española, traducida a veces de manera curiosa y siempre con útiles notas, por Ramón Buenaventura, viene avalada en su contraportada por (lo supongo) el entusiasmo de Donna León, Rosa Montero, Eduardo Mendoza, Justo Navarro y Rodrigo Fresán, porque confieso que no quise leer lo que dicen: la portada me gustó tanto (¡ay, editores, cuán fundamental es un libro bonito!) que me dirigí directo a la voz del autor; y, luego de pasar por un maravilloso epígrafe de Chuang Tzu, quedé atrapado por el universo que Savage abre en el primer fragmento de su novela: el mundo donde las siguientes doscientas páginas vivirá Firmin, ese ávido lector que no quiere verse a sí mismo más que como un ser sensible al que le ha tocado por casualidad el envoltorio equivocado. Tan consciente está de que su situación vital ha sido un error, que se niega a mirarse en los espejos, porque también estos lo engañan: «Cada vez que captaba una visión de mí mismo en una superficie así, me quedaba instantáneamente horrorizado, como si hubiera visto un monstruo. Claro está que en seguida me daba cuenta de que el monstruo era yo, y solamente yo, otra vez, y no tengo palabras para describir la pena que aquello me causaba. De modo que se me ocurrió un pequeño truco mental: cuando esto sucedía, en lugar de decir “soy yo” y estallar en sollozos, decía “es él” y salía corriendo».
Y así transcurre su vida: negándose y tratando de hacer comprender a los demás que él es más de lo que a simple vista se ve, tratando de que el mundo no lo aplaste con el juicio que de cada uno de nosotros se hace: este es blanco pero sucio, aquel es feo pero inteligente, el de más allá es pobre de solemnidad y sin duda esta de aquí será exitosa pero corrupta; aquel no tiene fuerzas ni ganas, las tetas de esa la llevarán lejos pero sufrirá; en cambio, esta es buena, inteligente y además bonita; aquella tiene razón: yo no soy capaz de llegar a hacer lo que digo.
Y, entre tanto, Firmin lee y lee con voracidad de depredador, consume letras, traga palabras e ideas y va dándole forma al universo, siempre solo, sin la posibilidad de compartir ni contrastar con nadie lo que los libros le dicen de él mismo y sin recordar aquello que dijo Proust, otro solitario: «cada lector, cuando lee, sólo se lee a sí mismo». Por no querer mirarse en los espejos, se condena a escrutarse en los más crueles de los reflejos: los que las palabras escritas lanzan sobre nosotros. La librería donde Firmin vive es su retrato y su tumba y su vida y su planeta: pero nunca será él. El «conócete a ti mismo» que tanto perturbó a Sócrates se convierte para Firmin en el más arduo y lejano de los talismanes.
Esta es una novela que recomiendo con enloquecido entusiasmo. Cuando me la topé en la librería, tuve el mismo presentimiento que me sobrevino cuando comencé a leer los libros de John Fante: algo enorme aterrizaba en mis manos. El sureño Sam Savage, una especie de Valle-Inclán gringo, filósofo de Yale, carpintero, tipógrafo y huido hacia la fría Madison, ha afilado su primera novela con las palabras sabias que dan los años y la belleza que se trae consigo al nacer. No dejen de leerla, por favor; pocas veces podemos sostener entre nuestras manos las palabras de uno de los Grandes. He’s a Big One, diría Firmin del autor de sus días. Sin duda, amigo. JCCH.



