PULSIÓN DEL AMIGO

Nicolás Melini


Era él quien nos aleccionaba a batallar con los de la curva de abajo. Él mismo hablaba con ellos, los expoliaba y luego venía a nosotros con burlas y desafíos –decía que habían dicho esto o lo otro— y nos conminaba a un encontronazo en un lugar y a una hora determinada. Éramos muy pequeños, él no mucho mayor que nosotros. Pero se inventaba aquellos juegos y conseguía que lo siguiéramos. Detrás de casa había un camino que comunicaba las dos curvas. Era un lugar alejado de las miradas de nuestros padres. De un lado la pared blanca y sin ventanas de la casa –una pared ciega, nunca mejor dicho—, y al otro, allí mismo, el barranco, un precipicio hasta las plataneras. Lo escogió como campo de batalla. El terreno estaba lleno de escombros, era irregular, había una atarjea y tuberías que descendían cortando el lugar donde había que poner los pies para no caerse. Tuneras en las que poder empujar al enemigo para que se clavase sus picos. Recuerdo que comentó la posibilidad de que alguien pudiera precipitarse sobre las plataneras. Coqueteaba con esa idea, un accidente. Lo bueno del lugar, argumentaba, era que estaba en cuesta, y nuestro enemigo debería venir de abajo, luchar de abajo arriba si no le permitíamos ganar nuestra posición. Apenas teníamos cinco años, seis y siete los mayores. Hicimos escudos con las tapas redondas de los cubos de pintura, y en la carpintería conseguimos los palos para fabricar las espadas; una tacha sujetaba el pequeño trozo de madera en cruz, que delimitaba el mango por el que sujetar el arma. Y esperamos ansiosos al enemigo, viendo cómo caían las horas, luego los minutos, con la incertidumbre de si los niños de la curva de abajo se presentarían o no. Pero todo estaba bien organizado, el enemigo se presentó y luchamos. Aunque al final no sucedió nada. En cuanto el primer palo dio con la primera mano, hombro o cabeza de uno de nosotros, y las lágrimas y el llanto irrumpieron en la batalla, todos nos detuvimos y decidimos no continuar. Él reía los mamporros recibidos por el contendiente, se mofaba de las lágrimas y las palabras que había dicho el maltrecho compañero y las repetía una y otra vez. Aunque estuviera ligeramente decepcionado porque el daño no hubiera sido mayor y la aventura más accidentada. No importaba. Tenía la convicción y la argucia y la imaginación para arrastrarnos a otro juego, y no es que en el barrio faltasen peligros, sobre todo si se buscaban con cierta mala idea.

Por entonces él y yo íbamos a clase juntos. Aprendíamos a leer y escribir, con otros cinco o seis niños, en casa de una maestra que había montado un aula en su salón. Rara vez salíamos todos a la vez (cada cual tenía su ritmo de aprender y terminar los ejercicios), pero aquel día él y yo salimos juntos. Lo normal era regresar a casa caminando por la carretera, donde difícilmente nos cogería un coche a menos que fuésemos muy tontos, pero él me sugirió la posibilidad de tomar un camino –un atajo— que ascendía recto entre curva y curva, justo por el lomo del barranco, donde algunas familias se estaban construyendo sus casas. Tenía razón, era más empinado, pero más recto. En cuanto tomamos el camino quiso desviarse por la ladera, entre los escombros y las piteras, alegando que yo desconocía todo aquello. Él iba delante. Cuando me fui a dar cuenta, cada vez el precipicio resultaba más amenazador, el terreno era más inestable y la pendiente para retornar al camino más pronunciada. Entonces comenzó a escalar sobre los escombros, retándome. Había que alcanzar de nuevo el camino. Yo maldecía mi suerte. Pero él reía y trataba de escalar más rápido, como si me fuese a dejar colgado allí. En cuanto comencé a escalar, oí que gritaba “¡CUIDADO!” Alcé la mirada y vi cómo empujaba con el pie una gran roca. Me agarré a una tubería –no quería precipitarme al vacío— y traté de esquivarla, con tan mala suerte que me golpeo uno de los dedos contra el metal al que me asía. Grité y lloré de dolor, mientras él alcanzaba el camino, miraba brevemente hacia atrás para comprobar los estragos de su acto, sin detenerse, y corría para su casa. Aún así conseguí escalar la ladera de escombros. En el camino a casa (andaba deprisa y lloraba) me miré el dedo: partido por la mitad, su extremo me colgaba sujeto tan sólo por un poco de piel, el hueso completamente roto; de ahí esta cicatriz que lo circunda ahora. Me lo cosió un viejo practicante a sangre fría, mientras yo trataba de comprender, a mis cinco años de edad, cómo alguien podía ser tan rematadamente malo. Gritar “cuidado” y echar a rodar la roca. Es una imagen que repasé entonces una y otra vez, durante mucho tiempo. Empujar la roca, ¡CUIDADO!, y luego su forma de huir.

También debí de repasar por entonces, insistentemente (acaso no lo hago ahora), el modo en que me llevó hasta aquel lugar; los dos requiebros, el primero al salir de la casa de la maestra y el segundo al desviarnos del camino. Dos detalles muy sutiles. Aunque entonces darme cuenta de lo que había pasado no me servía de nada. Lo que esperaba con ansiedad era el momento de encontrármelo de nuevo. Imaginé mil maneras de enfrentarme a él. Lo que le diría, lo que le haría. Pero lo único que se produjo fue un largo silencio. Sabía que mi padre había hablado con los suyos y podía imaginar que lo hubieran castigado; algo le habrían hecho, aunque no podía tenerlas todas conmigo. Pero no recibí petición de disculpas por parte de él ni de nadie. A ese silencio me refería. Una ofensa mayor. Por una larga temporada desapareció del barrio. Algo que me intrigaba, pues para ir a su casa tenía que pasar por delante de la mía. Pero nunca lo veía. Al principio lo imaginaba en su casa, encerrado, o me preguntaba qué clase de subterfugios haría para salir y entrar en su casa. Luego dejé de imaginármelo de ninguna manera. Durante tanto tiempo que, probablemente, fui olvidando el odio y mi aprensión y, sobre todo, todas aquellas expectativas acerca del momento en que estuviésemos cara a cara. Hasta que un día alguien del grupo lo vio pasar y lo llamó y él, tras dudar un momento, se acercó a hablar con nosotros. Recuerdo perfectamente la tensión de aquel momento. Él no las tenía todas consigo (las personas se mueven despacio y tratan de resultar inofensivas en esos casos), y yo no sabía cómo actuar, así que estaba muy tenso, observando cómo se producía todo y preguntándome qué hacer, cómo sería interpretada por mis amigos cualquiera de mis posibles reacciones. Si le ofendía, ¿sería un rencoroso? Mostrar mi rencor, ¿sería interpretado como una muestra de debilidad o de fuerza? Para ellos, al fin y al cabo, era agua pasada. Todo había sucedido hacía varios años y –detalle sin importancia— en mi dedo, no en el suyo.

Hube de tragar algo de bilis aquel día y los siguientes, viendo cómo se incorporaba al grupo –si yo no lo remediaba— para quedarse. De un lado estaba su culpa, que lo hacía ser cauto conmigo; del otro mi vergüenza, que me hacía no querer ni oír hablar de lo que había pasado. Pero llegó un momento en que creo que lo perdoné (aunque no me lo hubiese pedido), mientras volvíamos a jugar a las cosas arriesgadas que tanto le gustaban y que a nosotros, por lo visto, también; como hacer arcos y flechas con tachas en las puntas o visitar una cueva que había descubierto. Una cueva angosta, completamente oscura, en la que había que entrar a rastras. Tal vez alguien se perdería, comentó, o nos saldría un bicho. Era su forma de aleccionarnos. Lo que pasaba era que estábamos cagados, decía, y los que aún dudaban si venir o no se ponían en marcha. Luego, en el mejor de los casos, nadie se perdía, pero sí pasábamos mucho miedo –ya se encargaba él de inoculárnoslo con sus comentarios—, así que podía mofarse de lo expresado por unos y por otros: un grito extemporáneo; la exclamación de uno de nosotros ante la oscuridad y lo angosto del lugar; las reticencias de otro a entrar en la cueva en el último momento… Pero yo, a mis ocho años, ya era pez escamado. Sabía que no me podía fiar. Creo que, de algún modo, mi presencia lo contenía. Si no, habría podido llevar todo mucho más lejos con el resto de los chicos. Él sabía que yo estaba pendiente. En cuanto trataba de pasarse me interponía con un gesto o una palabra. A veces ni siquiera tenía que hacer nada. Si, por ejemplo, estábamos plantados delante de una pared de piedras esperando a que saliese un lagarto para bombardearlo, me situaba por detrás de él. Así no sólo tenía cubierta las espaldas, sino que no podría hacerle una jugarreta a ninguno de los compañeros, porque yo lo vería. Todas estas cosas las hacía sin darme cuenta. En cuanto llegaba él, ya no estaba relajado.

Y creo que lo conseguí durante todos aquellos años. Permanecer a salvo y que no sucediese nada grave. Sólo tengo una duda. Un día que encontramos varias bolsas repletas de botellas en un cantero delante de una casa abandonada. Eran un montón, nunca habíamos visto tantas botellas juntas. Así que decidimos romperlas, no podía ser de otro modo. Al principio las cogíamos de una en una y tratábamos de acertarles con nuestras piedras desde unos metros, tirando todos al mismo tiempo, empujándonos para dificultarnos el tiro los unos a los otros. Pero de pronto nos dio por apedrear la montaña de botellas que estaba a nuestros pies. Si no me equivoco, fue él quien empezó. Las hacíamos estallar con nuestras pedradas en una orgía de cristales hasta que, de pronto, sentí que me manaba sangre de una mano, la alcé y vi un gran corte en uno de mis dedos. Pero era extraño, yo no había visto que ningún cristal saltase a mi mano. Tampoco había sentido el momento del corte. Me había dado cuenta luego, cuando él había gritado: “¡Hala, mira la sangre!” Y que fuese el primero en darse cuenta me hizo pensar que quizá había tenido algo que ver. A lo peor le había dado la espalda mientras tiraba una piedra, a lo peor todo había sucedido mientras mi mano se encontraba por detrás de mi cabeza, fuera de mi vista, ese instante anterior a impulsar la mano hacia delante con velocidad. Pero en aquel momento –la sangre chorreando, la confusión del instante— no pude afirmarlo. Corrí a mi casa, volví al practicante (esta vez me pusieron anestesia) y me cosieron el dedo. De aquello me quedó esta otra cicatriz, precisamente en el mismo dedo de la otra mano –parecen gemelos— y las dudas acerca de si había sido su víctima de nuevo. Alguna vez me lo he imaginado allí detrás de mí, cogiendo un cristal del suelo y aprovechando el movimiento de mi brazo para colocarlo en el camino de mi mano al tirar la piedra. Deshaciéndose luego del cristal y diciendo: “¡Hala, mira la sangre!”, con una sonrisa. Porque aquel percance –llamémosle así— como cualquier otro que hubiese podido ocurrir, le produjo un gran regocijo, eso era lo único que me había quedado claro cuando abandoné el lugar; también en todas las veces que repasé lo sucedido tratando de comprender.

Por fortuna, pronto salí del círculo de su influencia. Nos hacíamos grandes y nuestras actividades empezaron a estar más ligadas al colegio que al barrio. Como no íbamos al mismo colegio y tampoco hacíamos las mismas cosas cuando salíamos de él, nuestra relación se limitó durante mucho tiempo a corteses saludos enfrente de mi casa. Pero años más tarde, debíamos de tener en torno a los dieciocho años, escuché que había sucedido algo en su edificio; aquel edificio curioso plantado en el fondo del barranco, al que, sin embargo, se accedía por un puente desde el lomo hasta su azotea. Alguien se había precipitado al vacío desde el puente. Eran ocho o nueve plantas. Había muerto. La versión de los hechos que me llegó consistía en que aquella persona era un ladrón que pretendía robar una moto (su moto) en la azotea. Al sentirse sorprendido había optado por colgarse del puente, esconderse allí debajo hasta que pasara el peligro de ser descubierto. Pero sus manos no soportaron y cayó al vacío. Me esforcé por “pensar bien”, con la mejor voluntad, apartando de mi mente cualquier tipo de suspicacia. Al fin y al cabo la policía lo había interrogado y no lo había detenido ni acusado de nada. Así había quedado todo. Un joven muerto por un trágico accidente. Y yo no tenía por qué andar buscándole los tres pies al gato. Aunque fuese tan extraño que alguien hubiese decidido esconderse allí debajo; conocía el lugar.

Luego pasaron algunos años y volvimos a coincidir durante un tiempo. Compartimos un grupo de amigos. Él venía y se juntaba con ellos y yo venía y me juntaba con ellos, cada uno por su parte. Quiero decir que en realidad no estrechamos mayor amistad. Aunque en alguna ocasión me recordó lo que “me había hecho” a los cinco años. Según sus palabras asumía completamente su culpabilidad. No trató de disfrazarlo de error, accidente, chiquillada o similar. Había pasado demasiado tiempo. Yo le mostré la cicatriz y él –tampoco se disculpó— sonrió incrédulo; no sé si incrédulo ante la cicatriz o ante lo que había hecho cuando tenía cinco años.

Han transcurrido otro montón de años. Hace unos días, regresaba yo de una larga estancia fuera de la isla. Mi hermana fue a buscarme al aeropuerto y de allí, directamente, me llevó a la casa de campo de mis padres. Cuando nos acercábamos por el camino vi que él se encontraba allí, y un escalofrío me recorrió por dentro. Llevaba indumentaria de trabajo. Un mono de una empresa. A un lado de la casa estaba el furgón con las mismas leyendas que su uniforme. Cuando me bajé del coche me saludó afectuosamente. Estaba encantado de volver a verme. Yo evité preguntarle demasiado pronto qué hacía allí (aunque era lo único que me importaba saber en aquel momento), pero él me lo dijo. Había venido a poner veneno. Sentí otro escalofrío al saber que estaba poniendo veneno en la casa de mis padres, pero disimulé. “Me cargo las ratas”, sonrió, “no veas cómo las dejo”.