EL OJO INSOMNE DE LAS PECERAS
Juan Carlos Méndez Guédez
Todavía me ponen triste las peceras, ¿sabes? Una tristeza como de luz blanca, como de agua detenida, fosforescente, como de burbujas y vidrio. Y yo mirando y mirando, porque la pecera iba creciendo en mis ojos, la pecera cada vez era más grande, cada vez era más burbujas.
Y a veces sueño con un ojo que me observa.
De allí me ha quedado esa necesidad de no mirar. De llegar a las casas y voltear el rostro cuando tropiezo con uno de esos rectángulos de vidrio. Fijarse entonces en las paredes, detallar uno de esos cuadros ingenuos con flores, casas en medio de la montaña, bodegones. Porque todavía me ponen triste las peceras. Aquella pecera.
Juan Carlos Méndez Guédez
Todavía me ponen triste las peceras, ¿sabes? Una tristeza como de luz blanca, como de agua detenida, fosforescente, como de burbujas y vidrio. Y yo mirando y mirando, porque la pecera iba creciendo en mis ojos, la pecera cada vez era más grande, cada vez era más burbujas.
Y a veces sueño con un ojo que me observa.
De allí me ha quedado esa necesidad de no mirar. De llegar a las casas y voltear el rostro cuando tropiezo con uno de esos rectángulos de vidrio. Fijarse entonces en las paredes, detallar uno de esos cuadros ingenuos con flores, casas en medio de la montaña, bodegones. Porque todavía me ponen triste las peceras. Aquella pecera.
PULSIÓN DEL AMIGO
Nicolás Melini
Era él quien nos aleccionaba a batallar con los de la curva de abajo. Él mismo hablaba con ellos, los expoliaba y luego venía a nosotros con burlas y desafíos –decía que habían dicho esto o lo otro— y nos conminaba a un encontronazo en un lugar y a una hora determinada. Éramos muy pequeños, él no mucho mayor que nosotros. Pero se inventaba aquellos juegos y conseguía que lo siguiéramos. Detrás de casa había un camino que comunicaba las dos curvas. Era un lugar alejado de las miradas de nuestros padres. De un lado la pared blanca y sin ventanas de la casa –una pared ciega, nunca mejor dicho—, y al otro, allí mismo, el barranco, un precipicio hasta las plataneras. Lo escogió como campo de batalla. El terreno estaba lleno de escombros, era irregular, había una atarjea y tuberías que descendían cortando el lugar donde había que poner los pies para no caerse. Tuneras en las que poder empujar al enemigo para que se clavase sus picos. Recuerdo que comentó la posibilidad de que alguien pudiera precipitarse sobre las plataneras. Coqueteaba con esa idea, un accidente.
HOMERO HACIENDO ZAPPING
Juan Carlos Chirinos
Cuando Homero terminó las aventuras de Ulises, caminó hasta la costa —ayudado por su perro que quizás también se llamara Argos— y se sentó en una roca, frente al mar. El ruido de las olas le enseñaba la cantidad de palabras que necesitaba para recitar un poema, la cantidad de frases necesarias para exponer un episodio, y la clase de imágenes precisas para representar el golpe de los cascos contra los guijarros del camino. Entendió que por ese día no iba ya a requerir de los servicios del perro y con un golpe seco en la cabeza lo envió de regreso a la casa que en lo alto de la colina le servía de taller. Los sirvientes se habían ido. La cocinera volvería en diez jornadas largas y ya los rapsodas tenían una copia de sus poemas para los próximos juegos Píticos, para la siguiente Hecatombe a Poseidón. Esta vez los bardos iraila no podrían vencer la fuerza de sus cantos, ni la voz exquisita del juglar más importante de Pelópidas podría imitar la eufonía de sus versos, a veces escabrosos como la roca, a veces suaves como las olas del mar.
DOS MANZANAS
Ernesto Pérez Zúñiga
Hay que verlo por las calles de un barrio viejo de Madrid, hay que verlo joven y tostado, con camisa blanca y suelta, cortada por un diseño pobre y pasado de moda, con vaqueros azules, paso apresurado, hay que verlo sabiendo que se llama Abdul Azad, el que vino de Rabat, aquel cuyo nombre ahora mismo está meciéndose en la cabeza de alguien que, a dos manzanas de allí, le ha preparado una trampa, mientras Abdul avanza entre la esperanza y el miedo, entre los colores que salpican los coches aparcados y las fachadas sucias.
Y hay que saber lo que nunca sabremos: qué rencor —pues no era de los nuestros— o qué necesidad exacta fueron el origen de todo lo que va a suceder hoy, domingo, dentro de diez minutos, en el piso tercero izquierda, del número 11 del callejón del Ángel, donde Rashid tiene una pistola en la mano derecha.
Y hay que saber lo que nunca sabremos: qué rencor —pues no era de los nuestros— o qué necesidad exacta fueron el origen de todo lo que va a suceder hoy, domingo, dentro de diez minutos, en el piso tercero izquierda, del número 11 del callejón del Ángel, donde Rashid tiene una pistola en la mano derecha.




